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Mundo de relojes

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Ilustración por @kuto_97 en Instagram

Cuando ella nació el mundo ya estaba así. Ahora sentada en una silla, observaba por la ventana algunos coches que pasaban. En la mano derecha tenía un cigarrillo, que iba consumiéndose despacio; en la derecha un vaso con ron, el whisky se mezclaba con los trocitos de hielo. Treinta navidades, el arbolito estaba ahí, con sus luces, y la estrella en la punta. Uno de Ellos había venido a montarlo, en silencio, como en las otras fiestas. Caía la noche y la brisa movía las cortinas en el cuarto. Era una habitación acorde a lo que Ellos querían que hiciera: con una cama, un armario, la pequeña cocina, y los instrumentos. La chica desvió la mirada hacia los «instrumentos de placer», como les decían Ellos. Había de todo: barra espaciadora, el Berkley Horse, capucha de esclavitud, collar de postura, un crop, enema, látigo, pinzas de pezón y traje de esclavitud. Los instrumentos se iluminaban con la débil claridad que emanaba de la calle. Cuando ella nació el mundo ya estaba así. Solo recordaba poco de su mamá al nacer: unos cabellos rubios que brillaban con la luz, una mano suave que la acariciaba. «¿Qué es?», le pareció escuchar que decía mamá, ese recuerdo jamás se le olvidaría, el silencio que hubo, nadie le decía: es niña. Ella lo intuyó. «No, no quiero verla, Ellos me la quitarán». Pasó su juventud en una escuela de BDSM, donde le enseñaban las técnicas, todo lo necesario para complacer a un hombre. Si tienen suerte, les había dicho un profesor, algún hombre puede comprarla, entonces pasarán el resto de sus días menos infelices. Cuando ella nació el mundo ya estaba así.

El reloj que colgaba en la pared sonó como un timbre. Un gato se asomó por la ventana, siempre venía cuando escuchaba ese sonido. Te gusta verme, ¿verdad? ¿Por qué no me compras?, le había preguntado ella una vez. Le gustaba muchas veces sentir la máscara, o que la amarraran a esa barra espaciadora, a veces cuando el látigo le rozaba la espalda. El animal se recostó en el marco, comenzó a lamerse. El reloj dejó de sonar. Junto al arbolito de navidad había un vestido de seda rojo, que Ellos le habían pedido que utilizara.

—Hoy haré algo distinto ―le dijo al gato mientras se ponía la ropa nueva. Fue hasta la puerta y abrió.

Un hombre estaba ahí parado, a veces no eran hombres, sino mujeres, que habían sido compradas cuando pequeñas por sus padres, o por hombres ya de mayores, ellas venían ahí buscando sumisión. Desde que tenía conciencia, sus experiencias más satisfactorias habían sido con mujeres. Nunca desobedezcan al reloj, cuando el suene, ustedes vayan. Ella solo una vez desobedeció el llamado, lo que pasó después era mejor no recordarlo. El sujeto era alto, de cabello sedoso y rojo, tenía pecas en la cara, vestía un abrigo que estaba húmedo, pantalones holgados, sus ojos estaban clavados en el suelo.

—¿P-puedo pasar? ―dijo titubeando el sujeto.

—Puedes… —¿Su primera vez?

—Y-yo ―comentó entrando en la habitación, sus manos las traía sujetas una con otra—, di- dicen que esta casa de placer es la mejor, hacen cosas nuevas —comentó el muchacho. Ella recordó su graduación, cuando los profesores después de la prueba final decidían para que casa de placer iban sus chicas. Ella le tocó la BDSM, porque era buena en las sexualidades alternativas. Después de ese día esa había sido su vida.

—Tranquilo —comentó y se puso detrás del hombre, le quitó el abrigo, luego la camisa, le zafó el cinto. Hoy voy a intentar algo nuevo. Los hombres nunca buscaban sumisión, ella lo intentaría. Miró de reojo al gato, que estaba atento. El hombre semidesnudo la observó. Era robusto con los brazos tatuados. Eso significaba que era de alguna familia rica—. Déjame ver que tienes ahí, desnúdate —ella se sorprendió; buscó entre los instrumentos y sacó unas esposas. Es su primera vez, debo tener cuidado. Le puso las esposas al joven, que seguía callado, mirándola, ¿con miedo? Luego fue a buscar el látigo, le dio varios azotes en el abdomen. Él contrajo los labios, su miembro se elevó de pronto. Ella se desnudó, el vestido le cayó del cuerpo, la brisa le movió el cabello largo y rubio.

—S-s-soy virgen —comentó él. Ella sonrió.

—Esta vez será suave entonces —dijo. Le puso las manos esposadas sobre la cabeza, se subió sobre él. Los pezones parecían cuchillos puntiagudos, le gustaban. Quiso tocarlas, pero ella se lo impidió de una bofetada—. Yo doy las órdenes aquí.

—¡Mierda! —gritó en un gemido, y el líquido blanco de su entrepierna salió disparado. Nosotros nunca usamos protección, ya erradicamos todas las enfermedades de transmisión sexual, le había dicho su maestro. Cuando ella nació el mundo ya estaba así. El gato se había ido de la ventana. La chica le quitó las esposas, fue hasta la mesa y encendió un cigarrillo, él se quedó mirándola.

—Lo siento.

—¿Por qué? —preguntó.

—No hice mucho…

—Eyaculaste, eso es un logro —fumaba sin importarle que la estuvieran mirado. ¿Y si no le gustaba?

—Dame uno —dijo él.

—¿Fumas?

—En casa no… mis padres no me dejan, dice que debo mantener una postura correcta, debo ser un hombre de bien… pero me ven una vez al mes… Paso mis días encerrado en una biblioteca aprendiendo de letras, ustedes son esclavas, nosotros también.

—No suena tan malo ser esclavo de una biblioteca…

—Lo es —ambos sonrieron—, preferiría esta tortura…

—No sabes lo que dices —dijo ella tirándole un cigarro a la cama, junto con la fosforera. Había silencio, la luz apenas iluminaba a la pareja.

—Voy a comprarte —la chica comenzó a carcajearse—. Hablo en serio, creo que esos instrumentos en la biblioteca no nos irán mal… —ella lo miró. ¿Decía la verdad? Volvió hasta la cama, el arbolito comenzó a tocar una música suave. Treinta inviernos ahí y era la primera vez que escuchaba la palabra libertad.